Redes de contactos en la amígdala cerebral
Quien tiene a su alrededor a muchos congéneres necesita un cerebro más grande con el fin de controlar todas estas relaciones. Este es el enunciado de la teoría conocida como social-brain. Ahora, un grupo de neuroinvestigadores en los Estados Unidos ha demostrado que el tamaño de la amígdala cerebral sirve como medida de la sociabilidad de una persona.
Facebook,
Xing y otras redes sociales permiten mantener el contacto con los colegas del trabajo y los amigos, y establecer nuevas relaciones con dos clicks del ratón. Quienes desean avanzar en la carrera saben que la clave para ello es el networking (establecimiento de contactos). Algo que resulta más sencillo a los extrovertidos, a aquellos que no sienten miedo cuando deben dirigirse a personas desconocidas. Aunque los analistas del genoma aún no han conseguido identificar los genes responsables de esta característica, para los neurólogos pareciera que los grandes círculos de amigos y conocidos encuentran una equivalencia en la red de conexiones del sistema nervioso central. Las amígdalas cerebrales de aquellos bien relacionados son más grandes que las de las personas promedio. Esto se puede observar en estas
imágenes de Lisa Feldman Barrett, de Boston.
Sus resultados apoyan la
hipótesis del cerebro social, según la cual el tamaño del cerebro está relacionado con la creciente complejidad de la red de contactos de cada individuo. Con el fin de controlar todos los contactos y sus exigencias se precisa de un centro de procesamiento de datos igual de complejo. En el centro del sistema límbico se encuentra la amígdala cerebral, que evalúa nuestras impresiones sensoriales y separa lo bueno de lo malo, lo agradable de lo desagradable.
Pocos contactos – una amígdala pequeña
El equipo de investigadores obtuvo en los humanos los mismos resultados que previamente había alcanzado con simios. A medida que aumentaba el tamaño y la complejidad de la red social dentro de la manada, también resultaba superior el
volumen de la amígdala. Esta regla también parece ser válida para otras especies animales: las que viven en grupo no necesitan solamente un centro de la visión más desarrollado que procese los estímulos visuales, sino también precisan conexiones con el fin de ordenar los datos que se reciben.
Si es posible encontrar diferencias anatómicas entre las especies con una vida social intensa y las especies más solitarias, ¿ocurrirá lo mismo entre los diferentes tipos de caracteres humanos? Para poder responder esta pregunta, Barrett y su equipo reunieron un grupo de 58 hombres y mujeres con edades comprendidas entre 19 y 83 años y con círculos de amigos y conocidos de tamaños diversos. Los científicos no sólo estudiaron el número de contactos regulares de sus sujetos, sino también en cuántos círculos diferentes los habían reclutado. De todas las estructuras cerebrales estudiadas mediante imágenes por resonancia magnética, únicamente la amígdala evidenció una relación entre su dimensión anatómica y el tamaño de la red social. El ordenador calculó que la amígdala de los hombres y mujeres que cultivaban una gran cantidad de contactos duplicaba los 2,5 milímetros cúbicos que caracterizaban a los solitarios, que declararon entre menos de cinco y quince contactos regulares.
Las lesiones de la amígdala terminan con la timidez
El número de contactos suele disminuir a medida que avanza la edad, un hecho que se demostró estadísticamente y midiendo el tamaño de la amígdala. Sin embargo, no se pudo precisar si el tamaño de esta red emocional es la causa o la consecuencia de un número elevado de contactos. “Las personas presentan diferencias en su capacidad para relacionar nombres y caras. Un individuo con una amígdala grande podría ser capaz de recordar estos detalles con mayor facilidad”,
explica Lisa Feldman Barrett.
El hecho de que la amígdala juegue un papel importante en el trato con otras personas no constituye un hallazgo novedoso. Un colaborador de Antonio Damasio, el célebre neurólogo norteamericano, describió hace algunos años el caso de una joven mujer que había sufrido una lesión bilateral en este centro nervioso, lo que ocasionó la pérdida de todo tipo de timidez y miedo frente a otras personas. La mujer
mostraba una gran confianza incluso frente a rostros amenazadores.
Un
estudio de Masahiko Haruno y Christopher Frith también explica algunos aspectos del control de nuestro círculo de conocidos dentro del sistema nervioso central. Estudiando la actividad de la amígdala, los dos investigadores fueron capaces de reconocer cuáles de sus sujetos prestaban más atención a la justicia en sus actuaciones y cuáles se regían por el interés en su propio bienestar. Para finalizar, ya en 2002 Turhan Canli, de Nueva York, determinó que las personas más sociables se caracterizaban por una
amígdala más activa.
Redes virtuales: no reemplazan a los amigos reales
Para conseguir nuevos contactos en las redes virtuales no hacen falta más que algunos minutos. Sin embargo, resulta poco probable que se pueda combatir la soledad mediante la participación en chats, foros y otras redes virtuales, porque cuando el aislamiento en la vida real abre el camino que conduce a las redes virtuales, se incrementa la escasez de amigos auténticos. Este hallazgo fue descubierto por
Shima Sum y sus colegas de la Universidad de Sydney en 2008, en un estudio realizado con jubilados. Sin embargo, quien utiliza las communities con el fin de cultivar a un círculo de amigos, encuentra en el ordenador un poderoso aliado contra la soledad. Y esto no sólo es válido para los jubilados sino también para los jóvenes, según un
estudio llevado a cabo en Holanda.
Según la información proporcionada por Facebook, esta red social cuenta
con unos 15 millones de miembros en Alemania. ¿Puede ayudar este medio a las personas más tímidas e introvertidas a que desarrollen extensas redes sociales? Es posible que pronto obtengamos indicios por vía de imágenes de IRM. Sin embargo, los datos del
Center for Digital Future de la Universidad del Sur de California muestran que el aprecio de los usuarios por las redes virtuales no resulta eterno: en 2010, un 38% de los hombres menores de 40 años concedían a estas redes la misma importancia que los contactos en real life. Esto resultaba aún más importante en el caso de las mujeres, entre las que el índice alcanzaba el 67%. Pero las cifras de 2007 demuestran la rapidez con la que pueden cambiar estas relaciones: los índices en aquel año resultaban casi inversos.
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