Depresión: ¡Eres lo que comes!

4. abril 2017
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Los resultados del estudio SMILES dan pie a la esperanza: en este primer estudio controlado aleatorio se examinó si un cambio en la dieta podía tener un impacto positivo en el desarrollo de una depresión. Los autores ven un gran potencial en esta sencilla terapia.

En los últimos años se han ido acopiando indicios de que la calidad de la alimentación y el estado de ánimo de las personas podrían estar vinculados de alguna manera, aunque, dependiendo del país y la cultura, la definición de lo que constituye una dieta saludable fluctúa considerablemente. Sin embargo, los estudios observacionales han demostrado que sobre todo una dieta basada en vegetales con proteínas de bajo contenido graso y pescado está asociada con un menor riesgo de depresión. Los alimentos y bebidas procesados y con un gran contenido de azúcar, en cambio, repetidamente se han relacionado con un mayor riesgo de padecer esta dolencia.

Una depresión es una compleja enfermedad psíquica, de modo que a priori un tratamiento basado en la dieta parece algo absurdo. DocCheck ha echado un vistazo a los estudios disponibles sobre el tema.

Se publican los resultados del primer estudio prospectivo

En 2013 apareció un estudio1 en “BMC Medicine” en el que se llegó a la conclusión de que una dieta mediterránea combinada con frutos secos reducía el riesgo de sufrir una depresión tres años más tarde.

Para averiguar si un cambio en la dieta se puede utilizar para el tratamiento de la depresión, un grupo de científicos en Australia dio inicio al estudio “SMILES” (Supporting the Modification of lifestyle In Lowered Emotional States). Ahora se publicaron los resultados de este primer estudio controlado y aleatorizado sobre el tratamiento de la depresión a través de la dieta.

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Directora del estudio SMILES: Felice Jacka, de la Universidad de Melbourne © University of Melbourne

Participantes con depresión severa y mal alimentados

Los científicos dispusieron para el estudio de 12 semanas de duración de 67 pacientes adultos que padecían depresión severa. Entre los criterios de inclusión se encontraba un valor de al menos 18 sobre 60 puntos posibles en la escala de depresión de Montgomery–Åsberg. 55 pacientes ya estaban recibiendo tratamiento: 21 recibían una psicoterapia en combinación con antidepresivos, 9 recibían únicamente psicoterapia, 25 únicamente antidepresivos.

En adición, los participantes se alimentaban mal. Todos presentaban 75 o menos puntos de 104 posibles en una escala nutricional. Según ellos mismos afirmaban, cada día consumían poca fibra, proteínas bajas en grasas, frutas y verduras, pero una gran cantidad de dulces, carne procesada y aperitivos salados.

Cambio en la alimentación versus apoyo social

Los participantes fueron divididos de forma aleatoria en dos grupos: en uno de ellos, los pacientes recibieron siete sesiones individuales de asesoramiento con un nutricionista capacitado. Las cuatro primeras sesiones tuvieron lugar semanalmente, y el resto cada dos semanas. El objetivo del asesoramiento dietético fue la mejora cualitativa en las costumbres alimenticias. A los participantes se les permitió comer hasta sentirse satisfechos, pero se les animó a seguir estas recomendaciones:

  • Cereal integral (5-8 porciones diarias)
  • Verdura (6 porciones diarias)
  • Fruta (3 porciones diarias)
  • Legumbres (3-4 porciones semanales)
  • Productos lácteos bajos en grasa y sin edulcorantes (2-3 porciones diarias)
  • Frutos secos crudos y sin sal (1 porción diaria)
  • Pescado (al menos 2 veces por semana)
  • Carne roja baja en grasa (3-4 porciones semanales)
  • Pollo (2-3 porciones semanales)
  • Huevos (hasta 6 por semana)
  • Aceite de oliva (3 cucharadas diarias)
  • Otros alimentos como dulces, productos de harina blanca, alimentos fritos, comida rápida, carne procesada y bebidas azucaradas (máximo 3 por semana)

Con el fin de facilitar la cooperación de los participantes, estos recibieron los principales alimentos de su nueva alimentación, así como recetas y un plan de dieta por escrito para releer en el marco de las asesorías.

Durante el mismo período de tiempo, el grupo control recibió apoyo social, que consistía en conversaciones individuales sobre temas que interesaban a los sujetos. Quienes no deseaban conversar podían pasar el tiempo con cartas o juegos de mesa.

Los resultados del estudio: un tercio experimenta una remisión

Después de 12 semanas, el grupo con la dieta modificada experimentó un mayor descenso en los síntomas depresivos que el grupo con el apoyo social. 32% de los pacientes del grupo de la dieta incluso reportó una remisión de los síntomas después la fase del estudio de 3 meses, mientras que en el grupo con supervisión social fue sólo el 8% el que experimentó lo mismo. La diferencia estadísticamente significativa entre los dos grupos fue de 7,1 puntos en la escala de depresión de Montgomery–Åsberg.

Para Felice Jacka, directora del estudio, las razones son obvias: “Los resultados del estudio se deben a la medida del cambio en la dieta, no a la práctica de deportes o al peso, por ejemplo. Mientras más estricta fue la adherencia de los participantes a su plan nutricional, mejores fueron sus resultados.” Para Jacka, presidenta de la “Sociedad Internacional para la Investigación Psiquiátrica-Nutricional”, los resultados del estudio abren nuevas perspectivas para el tratamiento de la depresión. Y es que, con las terapias disponibles actualmente, como antidepresivos y/o psicoterapia, sólo se puede ayudar a alrededor de la mitad de los afectados. “De modo que necesitamos urgentemente nuevas opciones terapéuticas”, afirma Jacka.

La conexión intestino-cerebro también resulta evidente en experimentos con animales

Una conexión entre el intestino y el cerebro también ha sido recientemente identificada en otros estudios recientemente publicados, aunque en experimentos con animales. En ellos, ratones sin bacterias intestinales presentaban una conducta menos temerosa que sus contrapartes con población bacteriana normal. Los primeros no se retiraban a las zonas de protección de su jaula.

Algo similar se observó en ratones libres de gérmenes que recibieron las bacterias intestinales de animales particularmente osados. En corto tiempo, estos ratones ajustaron su conducta a la de los donantes de bacterias. Parece obvio que las bacterias intestinales y la química cerebral están relacionadas de alguna manera entre sí. Sin embargo, aún falta aclarar con más estudios de qué forma y si los datos de los experimentos con animales pueden transferirse a los seres humanos.

La flora intestinal influye la depresión a través de reacciones inflamatorias

En un artículo de revisión de 20123, un grupo de microbiólogos ya especulaba sobre si una flora intestinal alterada era un factor de riesgo para la depresión. “La flora intestinal regula los procesos inflamatorios en el organismo. Una flora intestinal alterada puede producir reacciones inflamatorias crónicas en individuos con una determinada predisposición, afectando así su estado de ánimo”, explica el autor del estudio Graham Rook, profesor en el University College de Londres, a la revista “Spektrum”. Pues las depresiones, de modo similar a la obesidad, el asma y el síndrome del intestino irritable, tienen su origen en procesos inflamatorios del organismo. Estas enfermedades inflamatorias se han incrementado dramáticamente a partir de la segunda mitad del siglo XX en los países industrializados.

Matar dos pájaros de un tiro

Estas interrelaciones sugieren una teoría: una alimentación deficiente promueve el crecimiento de bacterias pro-inflamatorias en el intestino. “Una depresión incrementa el riesgo de obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades del corazón. Del mismo modo, estas enfermedades incrementan el riesgo de padecer una depresión. Una mejora del estilo nutritivo también influiría positivamente en las comorbilidades”, considera Jacka. Es posible que los pacientes deprimidos necesiten inicialmente apoyo para implementar una dieta saludable, pues la compra y elaboración de alimentos sanos requiere una motivación básica que ha desaparecido en los pacientes deprimidos debido a la misma dolencia.

Terapias: de bajo riesgo y económica

Un cambio en la dieta que afecte positivamente la composición de la flora intestinal parece, en comparación con las intervenciones habituales para la depresión, algo bastante sencillo y sobre todo libre de efectos secundarios. Otro efecto secundario positivo de una dieta saludable: los pacientes ahorran dinero. Un análisis de 20 participantes del estudio SMILES mostró que la dieta poco saludable costaba a los pacientes australianos un promedio de 138 $ AU, mientras que la sana apenas 112 AU $. Sin duda, vale la pena intentarlo.

Publicaciones originales:

Mediterranean dietary pattern and depression: the PREDIMED randomized trial
Almudena Sánchez-Villegas et al.; BMC Med, doi: 10.1186/1741-7015-11-208; 2013

A randomised controlled trial of dietary improvement for adults with major depression (the ‘SMILES’ trial)
Felice N. Jacka et al.; BMC Med, doi: 10.1186/s12916-017-0791-y; 2017

Can we vaccinate against depression?
Graham A.W. Rook et al; Drug Discovery Today, doi: 10.1016/j.drudis.2012.03.018; 2012

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Copyright de la imagen: Shannon Kringen, flickr / Licencia: CC BY-SA

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